Siempre fui bueno para ver lo que estaba mal.
En un evento, en un proyecto, en una junta, en una idea recién nacida… yo ya tenía detectados tres errores antes de que alguien terminara de explicarla. Y conmigo era peor. Mi cabeza no descansa. No hay nadie más crítico con mis proyectos que yo mismo.
Durante mucho tiempo creí que eso era una virtud.
Hasta que me tocó liderar.
Ahí entendí algo incómodo: señalar no construye. Señalar es barato.
Recuerdo una junta particularmente tensa. Presentaron una propuesta en la que habíamos trabajado semanas. Terminamos y empecé a opinar:
“Le falta estructura.”
“Aún se puede desarrollar más.”
“No se están esforzando lo suficiente”
“Podría estar mejor resuelto.”
Todo lo que dije era cierto.
Pero no estaba ayudando.
Salí de esa sala con una sensación extraña: no había dado retroalimentación, había emitido opiniones. Y las opiniones, cuando no vienen acompañadas de dirección, se sienten como ruido. No mueven nada. Solo generan fricción.
Con el tiempo entendí algo que parece obvio, pero no lo es: el buen feedback no ataca personas, no juzga intenciones, no se disfraza de sofisticación. Es específico. Describe lo que observa. Explica el impacto. Y propone un siguiente paso.
No es: “esto está mal”.
Es: “esto genera confusión por esto; si reordenamos esta parte, puede ganar claridad”.
La diferencia es mínima en palabras, enorme en responsabilidad. Cuando alguien pone una propuesta sobre la mesa, la conversación deja de ser defensiva y se vuelve productiva. Ya no estamos compitiendo por tener la razón; estamos intentando encontrar una mejor versión. La energía cambia. El equipo cambia.
Y eso también me lo tuve que aplicar a mí.
Muchas veces el “feedback” que recibo ya lo pensé mil veces. Ya vi ese error. Ya dudé de esa decisión. Pero cuando alguien llega con una solución concreta —aunque no sea perfecta— lo escucho distinto. No porque tenga la respuesta absoluta, sino porque está dispuesto a involucrarse en la construcción.La crítica sin propuesta pesa.
La propuesta, aunque incompleta, mueve.
Antes admiraba a quienes veían lo mismo que yo. Hoy admiro a quienes, además de verlo, hacen algo al respecto.
En liderazgo entendí que aportar valor sin que te lo pidan abre más puertas que cualquier opinión brillante. Porque opinar no implica riesgo. Proponer sí. Proponer te expone. Te compromete. Te obliga a pensar en ejecución, en impacto, en consecuencias reales.
Ahí es donde se separan los observadores de los constructores.
En resumen:
A nadie le importa tu opinión.
Lo que todos quieren saber es qué estás dispuesto a hacer para mejorarlo.
