He estado pensando mucho en por qué hago lo que hago.
Últimamente me genera mucho conflicto no saber hacia dónde quiero ir o qué es lo que realmente quiero hacer con mi vida. Muchas de las cosas que pasan a mi alrededor me hacen replantearme si de verdad quiero lo que estoy persiguiendo o si solo es una etapa donde necesito sentirme alguien.
Y creo que gran parte del problema viene de vivir en una época donde podemos ser prácticamente cualquier cosa.
Si tienes tiempo, acceso a internet y suficiente obsesión, puedes aprender casi lo que sea. Antes parecía existir una línea mucho más clara: seguir el oficio de tus papás, estudiar una carrera específica y construir tu vida alrededor de eso. Había menos opciones, pero también menos ruido.
Ahora todo depende más de ti.
De lo que quieres lograr.
De quién quieres convertirte.
Y aunque eso suena increíble, también es agotador. Porque cuando tienes tantas posibilidades enfrente, elegir una dirección se siente como renunciar a muchas otras versiones de ti mismo.
Cuando trato de definir qué quiero hacer, normalmente termino pensando en las cosas para las que soy bueno. Hablar, escuchar, empatizar con las personas. Siempre me ha gustado conectar con la gente, entender cómo piensan o cómo se sienten. Y aunque me da miedo explorar cosas nuevas, ese miedo nunca me ha detenido realmente; al contrario, muchas veces termina motivándome más.
Con los proyectos que tengo ahorita sé que todavía no estoy donde quiero estar, pero por lo menos entiendo qué cosas me mueven. Me gusta el arte, la música, crear cosas y convivir con personas. Creo que soy alguien muy enfocado en los demás; atender, escuchar y hacer sentir cómoda a la gente es parte de mi personalidad. Por eso también tomé la decisión de dejar un trabajo estable para intentar construir algo propio.
Y creo que ahí entendí algo importante sobre mí: probablemente nunca voy a estar completamente conforme.
Me siento un poco como Sísifo empujando una piedra cuesta arriba todo el tiempo. Siempre quiero abrir un lugar nuevo, empezar otro proyecto o crear algo diferente. Mi problema nunca ha sido imaginar ideas; ha sido aprender a administrarme para realmente poder construirlas.
Porque tener muchas ideas también significa aprender a renunciar a algunas.
Y eso me costaba muchísimo entenderlo.
Decir que no también es avanzar. Priorizar es rechazar muchas cosas para poder enfocarte en una sola. Y creo que esa es una de las partes más difíciles de vivir en esta época: sentimos que tenemos que hacerlo todo, todo el tiempo. Al final, este escrito no es tanto un artículo de opinión sino una crítica a la manera en la que vivimos hoy. Parece que nos hicieron creer que existe una versión perfecta de la vida: la rutina perfecta, el trabajo perfecto, los hábitos perfectos, la mejor versión de nosotros mismos. Como si para sentir que estás avanzando tuvieras que levantarte a las cinco de la mañana, tender tu cama, hacer journaling y planear cada minuto de tu día.
Pero la realidad nunca se siente así.
Creo que lo más importante ha sido entender que cualquier cosa que hagas siempre va a estar lejos de la idea perfecta que imaginaste al principio. Y aceptar eso no desde el conformismo, sino desde el realismo.
Probablemente sí somos como Sísifo, empujando una piedra cuesta arriba sin terminar de entender por qué. Pero por lo menos podemos ir dándole forma mientras la empujamos. Hacerla nuestra. Encontrar algo de nosotros en el proceso.
Porque al final no creo que la vida se trate de encontrar una versión perfecta de quienes somos.
Creo que se trata más de aprender a disfrutar lo que hacemos mientras intentamos construir algo que tenga sentido para nosotros.
