La incertidumbre suele pensarse como un obstáculo del proceso creativo, cuando en realidad es el terreno donde ocurre. El problema no es no saber qué va a pasar, sino no saber quién eres cuando nada está garantizado.
Renunciar a mi trabajo administrativo en una empresa internacional fue, para mí, uno de los momentos de mayor incertidumbre que he vivido. No porque no tuviera ideas, sino porque al tomar esa decisión desapareció algo más profundo: la estructura que me decía quién era y qué se esperaba de mí. De pronto, no había un camino claro ni una validación externa inmediata. Solo quedaba la pregunta de si podía sostenerme a mí mismo sin ese marco.
Al principio, la incertidumbre no se sentía creativa. Se sentía corporal. Ansiedad, ruido mental, una necesidad constante de anticipar resultados. Intentar crear desde ahí era imposible. La mente buscaba cerrar escenarios antes de tiempo, como si tener una respuesta fuera más importante que hacer la pregunta correcta.
Lo que empezó a cambiar no fue el contexto, sino algo más silencioso: una creencia mínima en mí mismo. No una certeza de éxito, sino la convicción de que podía atravesar el no-saber sin colapsar. Ese self-belief no eliminó la incertidumbre, pero sí generó algo indispensable: calma. Y esa calma fue el verdadero punto de partida creativo.
Cuando el cuerpo deja de estar en alerta constante, la atención se reorganiza. La creatividad no aparece como una idea brillante, sino como una forma distinta de mirar lo que ya está ahí.
Empecé a entender que no necesitaba tener todo resuelto para avanzar; necesitaba confiar en que podía responder conforme el camino se revelara. Desde ese estado empezó a tomar forma Sirilo House. No como un plan cerrado, sino como una respuesta creativa a una experiencia de incertidumbre sostenida. No nació de la seguridad, sino de la aceptación de que crear implica moverse en terreno inestable. La diferencia fue que ya no lo hacía desde el miedo, sino desde una calma activa, sostenida por la confianza en mi capacidad de adaptarme.
Hoy entiendo que la incertidumbre no se supera ni se vence. Se convierte en un espacio fértil solo cuando existe una creencia interna suficiente para habitarla sin urgencia. La creatividad no florece cuando todo está claro, sino cuando el no-saber deja de percibirse como una amenaza y se vuelve una invitación.
Renunciar no me dio respuestas. Me dio algo más valioso: la posibilidad de crear sin garantías, pero con presencia. Y, a veces, eso es todo lo que la creatividad necesita para empezar.
