Conocí a Luis Miguel en la prepa, cuando todavía creía que la inteligencia era una cosa que se medía en exámenes y no en decisiones. Venía de un rancho cerca de Valtierrilla, Guanajuato, un lugar donde la tierra manda y el nopal no es postal sino rutina. No hacía ruido, no buscaba
atención, pero estaba siempre atento, como si supiera que había cosas que no se repiten dos veces.
Antes de los exámenes me pedía los apuntes. Yo se los pasaba sin darle mayor importancia, convencido de que estaba ayudando a alguien que lo necesitaba más que yo. Después venían los resultados y casi siempre ocurría lo mismo: Luis Miguel sacaba mejor calificación. No era porque estudiara más horas ni porque se supiera los temas de memoria, era porque entendía rápido, porque tenía una manera clara de ordenar los problemas y resolverlos sin darle vueltas. A esa edad uno no sabe ponerle nombre, pero con el tiempo entendí que eso también es talento.
Además trabajaba. Pintura, jardinería, mantenimiento, lo que se ofreciera. Todo para conservar su beca, que no era un privilegio sino una condición frágil, siempre a punto de romperse. Nunca se quejaba. Simplemente hacía lo que había que hacer. A veces, entre risas, me decía que cuando yo tuviera una empresa me acordara de él, que fuera por él, que era bueno trabajando. Yo siempre le respondía que estaba equivocado, que él debería ser el que me diera trabajo a mí. Lo
decía en serio, convencido de que el mundo funcionaba así, de que quien era listo avanzaba.
Luis Miguel se reía, pero después decía algo que me descolocaba. Decía que su abuelo trabajó la tierra, que su papá trabajó la tierra y que él también lo haría. No lo decía con tristeza ni con resignación, lo decía como se dicen las cosas que no se discuten, como una ley no escrita. Nunca hablaba de falta de talento ni de falta de oportunidades; hablaba de consecuencia, de seguir una línea que venía trazada desde antes de nacer.
Con el tiempo entendí que muchas personas no dudan de su inteligencia, dudan de su derecho a usarla para salirse del camino. Porque salirse cuesta. Cuesta quedar mal, cuesta decepcionar, cuesta cargar con la culpa de pensar que podrías ser otra cosa. No todos quieren irse y no todos tienen que hacerlo, pero muy pocos crecen sintiendo que pueden elegir sin pedir permiso.
No sé qué fue de Luis Miguel. No sé si siguió trabajando la tierra, si encontró otra forma de usar su talento o si simplemente aprendió a no hacerse preguntas. Pero su historia fue un parteaguas para mí. Me enseñó que el privilegio más grande no es tener oportunidades, sino creer en uno mismo lo suficiente como para tomarlas sin sentir que estás traicionando tu origen. Y desde entonces no puedo dejar de pensar cuántas vidas siguen un rumbo no por falta de capacidad, sino por lealtad a una historia que nunca eligieron.
— Emilio Reyes
