Por: Sergio Contreras
El bulldog que lo cambió todo.
-Hola Spike, qué tal Spike, ¿verdad que somos amigos?-
-No-
-Oye, Spike, ¿te gustaría fastidiar gatos, Spike, ¿te gustaría?-
-No-
Es el diálogo de una caricatura ochentera de la Warner, que venía en los segmentos de Tom y Jerry.
Un bull dog jetón, mafiosón, aprendiendo a tolerar a un perrito jodón muy parecido en físico y carácter al Odie de Garfield.
Es la personalidad de esa raza. Nomás con su presencia impone respeto sin necesidad de hacerse el bravito. Pero también capaz de arrancarte la ternura que nunca supiste que tenías. Quizás por gordito, por cachetón, por chato o nomás por existir.
Yo tendría unos 5 años y la posibilidad de tener uno parecía tan lejana como las letras de HOLLYWOOD en Los Ángeles.
Pasaron como 4 décadas pero nunca se fue la esperanza. El anhelo resucitó en 2022 gracias a mi amigo Luis Enrique, quien se hizo de Odín, un cachetón adorable.
Un contacto, una cosa llevó a la otra y un bendito 5 de febrero fui por Ramón Guadalupe allá por Las Mandarinas.
Estaba lejos de verse cabrón como el MaMut de Mumm Ra, el malo en Thundercats.
El amor a primera vista tuvo forma. Con sus patas regordetas escaló mis piernas y ahí tuve que quedarme sometido hasta completar el acuerdo.
Ni sabía en lo que me metía, ese bodoque color café con leche estaba por apropiarse a mordidas de ternura de un pedazote de mi corazón.
Luego había que lograr que lo aceptasen en casa. Un moño en el cuello le dio la llave maestra y a partir de ahí nos hizo familia.
Los cuidados de un bull dog no son fáciles ni en pedo. Comen como si tuvieran cuenta en bit coins y roncan para competirle a un torton en bajada. Además de croquetas, masticó dos teléfonos, unos audífonos, una sala, una pared, una puerta, varias camas y toda la ropa que le quedara al alcance.
Sus pliegues en la piel son tierra fértil de infecciones.
En las orejas también coleccionan problemas.
Y aunque nada de esto es una carga porque te lo retribuyen con amor del bueno, alguien tiene que hablar de las razas que la naturaleza ha dicho que ya no. Ella sabe cosas.
Desde hace décadas, la reproducción de estos gordos ha de ser por inseminación y los partos necesariamente por cesárea en 9 de cada 10 casos, según los especialistas.
Tanta mezcla, tantos genes forzados han pasado factura.
Es una crianza compleja y harto costosa. En cada paseo brincaba la pregunta “¿Y esos son caros?” Más allá del costo de los cachorros (unos 2mil dólares), el tema es su mantenimiento y el seguimiento de su salud. Además de un costal de comida al mes, son frecuentes las idas al PETdiatra para tratamiento preventivo de infecciones, garrapatas y el esquema de vacunación.
Tampoco son raros los episodios de vómitos por calor o a la menor provocación.
Este perrhijo nació un 12 de diciembre y de ahí tomó su segundo nombre. Apenas en noviembre de 2025 tendría cita para su tratamiento hormonal derivado de una próstata crecida y combinada con células que coqueteaban con el cáncer. Pero él decidió irse al cielo de los perros en septiembre de ese año para no llegar ni a los 4 años de edad.
Un golpe de calor en el camino de regreso al veterinario nos lo quitó así nomás.
Hace un año que ya no está y se le extraña todos los días.
No quiero convencer a nadie de que no tengan uno. A mí me cambió la vida. Y quiero pensar que ese sentimiento no desaparece, sólo se transforma en algo que a veces cuesta trabajo entender, pero se siente.
Sólo sugiero que lo pienses muy bien. Muy, muy bien y luego vuelvas a pensarlo.
El precio de amar así es alto porque quizás su ausencia al final pesa más que la dicha que encuentras junto a esos seres.


