Mientras muchos maestros terminan su jornada y regresan a casa en cuestión de minutos, Clara Guadalupe de Jesús Jiménez Tejeda, de 28 años, puede pasar prácticamente un día entero viajando para llegar a su salón de clases.
Su destino es la comunidad de El Toro, una de las zonas más alejadas de Guanajuato, donde cada semana enfrenta carreteras deterioradas, largos trayectos y la distancia de su familia para cumplir una misión que considera más grande que cualquier sacrificio: enseñar.
La historia de Clara comenzó cuando era estudiante de secundaria. Fue entonces cuando una maestra marcó su vida para siempre.
“Hubo una maestra que me impactó mucho. Gracias a ella yo dije: ‘yo quiero ser maestra'”, recuerda.
Sin antecedentes familiares en la docencia, construyó su camino sola. Estudió primero en una universidad privada y después en la Universidad de Guanajuato, convencida de que la educación podía cambiar vidas.
Una plaza que nadie quería
Cuando participó en el proceso de asignación de plazas, las posibilidades parecían mínimas.
Había quedado en el lugar 2 mil 459 de la lista y todo indicaba que no alcanzaría una vacante. Sin embargo, una oportunidad apareció cuando varios docentes rechazaron una plaza ubicada en El Toro debido a la dificultad para llegar.
Clara decidió aceptarla sin siquiera conocer el lugar.
“No sabía ni cómo iba a llegar, no sabía ni dónde estaba, no sabía nada. Y dije: sí, sí la tomo”, relata.
Lo que descubrió después fue una realidad que cambiaría su vida.
Un viaje de casi 10 horas
Cada vez que sale de León rumbo a la comunidad debe emprender una auténtica travesía.
Toma un autobús hacia San Luis de la Paz. Después espera el único transporte que llega a la zona de El Gato, en el municipio de Xichú. Desde ahí, habitantes de la región la acercan hasta El Toro.
“Tomo el autobús en el Puente del Milenio a las 9:50 de la mañana y vengo llegando a El Toro a las 7:30 de la noche”, cuenta.
Por lo costoso y complicado del traslado, permanece en la comunidad durante dos o incluso tres semanas seguidas antes de regresar a León.
Las dificultades aumentan cuando las lluvias dañan los caminos.
“La única forma para salir ahorita es por Conca, en Querétaro, y aun así hay autos que no están subiendo ni bajando porque está muy feo el camino”, explica.
La maestra de los 17 alumnos
En la primaria José María Morelos no hay cientos de estudiantes ni grandes instalaciones.
Clara tiene a su cargo apenas 17 alumnos distribuidos entre primero y sexto grado, una escuela unitaria donde una sola docente debe atender todos los niveles al mismo tiempo.
La joven maestra admite que ni siquiera sabía que todavía existían este tipo de escuelas.
“Yo de verdad creía que ya no existían ese tipo de escuelas unitarias porque vivía en una burbuja muy citadina”, reconoce.
Pero lo que encontró en El Toro fue mucho más que un reto profesional.
Los niños que le devolvieron el asombro
Clara habla de sus alumnos con emoción.
“Mis alumnos yo creo que son mágicos y los mejores. Ellos me han venido a enseñar más de lo que yo he podido enseñarles a ellos”, afirma.
Dice que los pequeños le han recordado el valor de las cosas simples, desde disfrutar un taco de queso hasta emocionarse por unas estrellas fluorescentes que llevó para un proyecto escolar.
“Ellos vienen a devolverme ese asombro que a veces perdemos en la ciudad”, asegura.
En una época en la que la tecnología suele acaparar la atención de los menores, los estudiantes de El Toro todavía celebran los pequeños detalles.
Cuando la maestra les llevó estrellas que brillan en la oscuridad para decorar un proyecto sobre el sistema solar, los niños quedaron fascinados.
“Ese día todos los trabajos que me entregaron agarraban estrellitas para decorar. Estaban fascinados”, recuerda.
Una comunidad que también la transformó
La experiencia no solo ha cambiado a sus alumnos.
También ha transformado profundamente a Clara.
Vivir en una comunidad con limitaciones de transporte, servicios y acceso a productos básicos la hizo replantearse muchas cosas.
“Me ha ayudado mucho a valorar cada cosa que tengo en mi vida. Antes podía salir y comprar cualquier cosa; ahora tengo que viajar cargando todo lo que necesito”, relata.
Incluso perdió el miedo a la oscuridad.
“Yo era una persona que le temía a la oscuridad y ahora ya no. Si se va la luz digo: hoy toca dormir temprano”, comenta.
El sacrificio de estar lejos de casa
Detrás de cada viaje también hay renuncias personales.
Clara se casó apenas este año y tuvo que acostumbrarse a pasar largas temporadas lejos de su pareja.
Además, decidió dejar en León a una de sus perritas después de que el viaje resultara demasiado agotador para el animal.
Los avances que la convencieron de quedarse
Con el paso de los meses, el cansancio fue dando paso al compromiso.
Clara comenzó a aplicar en la escuela pública estrategias que había aprendido trabajando en colegios privados.
Les enseñó escritura cursiva, reorganizó la enseñanza para atender mejor a los distintos grados y logró avances importantes en lectura y escritura.
“Ya las niñas de primero me leen; solo me faltan dos chicos que están consolidando la lectoescritura”, explica orgullosa.
Las madres de familia también le han hecho saber los cambios que observan en sus hijos.
“Me dicen: maestra, ya puede hacer esto y antes no lo podía hacer” , comenta emocionada.
“Estoy triste porque no la vamos a ver”
Sin embargo, ninguna evaluación académica la conmueve tanto como el cariño de los estudiantes.
Una pequeña de primer grado suele despedirse de ella cada viernes con una frase que resume el vínculo construido durante el ciclo escolar.
“Maestra, estoy triste”, le dice.
Cuando Clara pregunta por qué, la niña responde:
“Es que no vamos a venir ni el sábado ni el domingo y no la vamos a ver”.
Esos momentos son los que la convencen de que cada kilómetro recorrido vale la pena.
“Llegar al aula y que los niños me abracen, jueguen conmigo y me llamen por todos lados ‘maestra, maestra, maestra’ se siente algo bien padrísimo, de verdad”, confiesa.
A cuatro semanas de concluir el ciclo escolar, Clara mira hacia atrás y sonríe.
Su meta inicial era resistir hasta diciembre. Después hasta febrero. Luego hasta mayo.
Hoy está a punto de completar el año entero.
Y aunque el camino hacia El Toro sigue siendo largo, hay algo que tiene claro:
“Yo creo que la maestra Clara no sería la maestra Clara sin estos niños y estas mamás que conoció”.


