Platicando con una amiga que tiene una marca llamada BASE, una plataforma de conexión cultural con una curaduría innovadora, me decía cómo estamos tan acostumbrados a que todo salga bien. A lo bonito. A que las cosas ocurran exactamente como las planeamos. Pero que muchas veces eso termina siendo contraproducente.
Mi reacción inmediata fue de sorpresa. “¿Cómo va a ser contraproducente? Si significa que estás haciendo las cosas mejor”.
Pero su punto era otro.
Ana —la amiga que menciono— me decía que cuando todo sale exactamente como esperabas, probablemente no estás haciendo algo que realmente te esté haciendo crecer. Solo estás perfeccionando un proceso que ya conoces. Un proceso que has vivido una y otra vez.
Y entonces dijo una frase que se me quedó grabada:
“Es que Emilio, si no hay conflicto no hay evolución”.
Mientras más lo pienso, más sentido me hace.
Porque el conflicto no necesariamente significa caos. A veces simplemente significa fricción. La sensación de entrar a un lugar donde todavía no sabes bien cómo moverte. Hacer algo sin tener garantizado el resultado. Equivocarte. Sentirte incómodo. No controlar del todo lo que está pasando.
Y creo que hemos aprendido a interpretar eso como una señal negativa, cuando muchas veces es exactamente lo contrario.
Nos obsesionamos tanto con optimizar nuestra vida, con volvernos eficientes, con dominar procesos, que dejamos de entrar en espacios donde realmente podamos transformarnos. Todo empieza a verse igual: los mismos caminos, las mismas conversaciones, las mismas referencias, los mismos resultados.
Dentro de mi experiencia personal, creo que una de las situaciones donde más he entendido esto ha sido emprendiendo.
Hablando específicamente de Fractal, Sirilo o Roto3, todos los proyectos han traído algún tipo de incomodidad a la mesa. Y esa incomodidad rara vez se expresa de una sola forma. A veces son peleas con mis socios. Otras veces son diferencias de prioridades, visiones creativas, maneras de trabajar o incluso formas de comunicarnos.
Pero al final, si no existiera esa tensión, probablemente tampoco existiría crecimiento.Porque muchas de las decisiones que terminan definiendo un proyecto nacen justo de esos momentos donde nadie está completamente de acuerdo y todos tienen que replantear algo de sí mismos para llegar a un punto en común.
Incluso una de las cosas que más me incomoda de nuestra forma de trabajar es que pocas veces pensamos primero en el beneficio económico. Genuinamente hacemos las cosas pensando en lo que nos gusta, en lo que queremos construir y en lo que sentimos que podemos aportar al entorno, sin preguntarnos inmediatamente si algo se puede vender o no.
Eso definitivamente ha afectado nuestro margen de utilidad, pero también nos ha dado algo que difícilmente se puede fabricar: identidad.
Nos ha ayudado a construir una reputación alrededor de hacer las cosas porque creemos en ellas.
Y aunque eso muchas veces es menos rentable en el corto plazo, también nos ha abierto puertas, conexiones y oportunidades que probablemente no hubieran aparecido si todo hubiera sido únicamente estratégico.
Y creo que ahí entendí algo importante: la incomodidad no siempre es señal de que algo está mal. A veces es señal de que algo se está moviendo.
Porque evolucionar rara vez se siente cómodo. La evolución normalmente exige romper algo: una idea, un hábito, una versión de ti, o incluso la manera en la que entiendes el mundo. Tal vez por eso el conflicto es tan importante. Porque es señal de que todavía hay algo vivo intentando transformarse.
