Estamos viviendo una paradoja silenciosa: nunca hemos hablado tanto de amor y nunca hemos estado tan comprometidos con evitarlo.
No porque no queramos sentir. Al contrario. Queremos conexión, intensidad, química, experiencias memorables. Queremos historias que nos hagan sentir vivos. Lo que evitamos no es la emoción; es la responsabilidad que la emoción exige cuando deja de ser momentánea y empieza a convertirse en estructura.
Crecimos dentro de una lógica de inmediatez. Todo está disponible, todo compite, todo puede optimizarse. Si algo no estimula lo suficiente, se cambia. Si aparece una opción más atractiva, se explora. Esa mentalidad no se quedó en el consumo; terminó atravesando también la forma en la que nos vinculamos. Las experiencias se volvieron el centro. Lo importante es sentir, no necesariamente sostener.
El problema es que el vínculo no opera con la lógica de una experiencia aislada.
La intimidad sostenida no es neutra. La repetición, la cercanía, la frecuencia, la integración en la vida del otro construyen algo, aunque nadie lo nombre. Y cuando ese “algo” se enfrenta a la idea de que, como no hay acuerdo explícito, todo está permitido, la fricción no es moral; es interna. Es darte cuenta de que aceptaste un marco que en realidad ya no coincide con lo que puedes tolerar.
Ahí aparece la contradicción contemporánea: queremos la sensación de singularidad sin asumir la decisión que la produce.
Durante mucho tiempo confundí apertura con madurez. Pensaba que poder moverme sin exigir nada era señal de evolución emocional. Hoy empiezo a sospechar que, en algunos casos, era simplemente una forma sofisticada de evitar la conversación incómoda: reconocer que si quiero profundidad, tengo que aceptar sus límites. Que si algo deja de ser intercambiable para mí, necesito actuar en coherencia con eso.
Porque el amor —cuando es algo más que atracción— no funciona como un producto dentro de un catálogo infinito. No se sostiene bajo la lógica del mercado abierto. Requiere decisión. Y decidir implica renunciar. Renunciar a opciones, a ambigüedades cómodas, a la fantasía de que siempre puede aparecer algo mejor sin costo.
Tal vez el problema no es que ya no creamos en el amor. Tal vez es que queremos sentirlo sin pagar el precio de elegirlo. Queremos la conexión sin la responsabilidad, la cercanía sin la estructura, la intensidad sin la disciplina que la mantiene viva cuando deja de ser novedad.
Yo también estoy en esa tensión. No quiero una relación por inercia, pero tampoco quiero vivir todo como si fuera reemplazable. Y aceptar eso implica algo menos romántico y más exigente: entender que no basta con decir que uno quiere amor. Hay que estar dispuesto a comportarse de forma coherente con lo que dice querer. Amar no es solo experimentar algo fuerte por alguien. Es decidir sostenerlo cuando la emoción deja de ser pura inmediatez.
Y en una cultura diseñada para maximizar estímulos y minimizar compromisos, esa decisión no es ingenua. Es radical.
