Ayer no fue un jueves cualquiera en Guanajuato. El Congreso local, después de años de debates, pausas y presiones de todo tipo — sociales, políticas, conservadoras — dio un paso que muchos pensaban aún lejano: aprobó oficialmente que el matrimonio ya no será “solo entre hombre y mujer”, sino entre dos personas.
Con 25 votos a favor y 9 en contra, la reforma al Código Civil elimina cualquier atadura de género. “Cónyuges” es ahora la palabra que reemplaza “marido y mujer”; igualdad, la promesa que cruza los pasillos legislativos.
Para muchas parejas, esta decisión no es símbolo: es certeza. Ya no necesitarán amparos ni saltarse trámites extra. Ya no habrá preguntas incómodas, rechazos burocráticos ni silencios cómplices.
Pero también hay algo más. Esa “certeza” no solo es jurídica: es social. En un estado históricamente conservador, la ley ahora habla alto: “amar así también está permitido”. No como concesión, no como excepción, sino como norma. Porque hablar de igualdad no es una moda: es dignidad.
Sí, hubo voces en contra. Representan pensamientos firmes, tradición, temor o simple convicción. Pero hoy, en pleno 2025, esa minoría ya no basta para negar derechos. El Congreso habló. El papel cambió. Y con él, miles de planes: bodas, familias, herencias, proyectos de vida.
Ojalá todo esto no quede en tinta mojada. Que las instituciones — del Registro Civil al Poder Judicial, del municipio al estado — entiendan que la igualdad ya es ley. Que no haya trabas, dilaciones, ni miradas separadas. Que ser pareja, ser cónyuge, signifique lo mismo: respeto, derechos, futuro.
Hoy Guanajuato dice “sí” al amor legal. Y tal vez — solo tal vez — muchos entiendan que igualdad no es pedir un favor: es reclamar un derecho.
