Después de leer el informe de gobierno de Alejandra Gutiérrez, queda claro que en León hay obra. Hay cifras, programas, parques, vialidades, ciclovías y presupuesto ejercido. Pero entre tantos números hay una pregunta que me parece mucho más importante: ¿estamos construyendo la ciudad que León va a necesitar dentro de 10, 20 o 30 años, o solamente estamos resolviendo los problemas conforme nos van alcanzando?
Y aquí hay algo que resulta difícil de ignorar: León lleva muchos años planeándose.Tenemos un Instituto Municipal de Planeación, el IMPLAN, que existe precisamente para estudiar la ciudad, identificar sus problemas y pensar en su futuro. Tiene diagnósticos sobre movilidad, agua, crecimiento urbano, espacios públicos, infraestructura verde, riesgos y transporte. Incluso tenemos una visión de León hacia 2050. El conocimiento está.
Lo que no queda tan claro es cuánto de ese conocimiento está realmente determinando las decisiones que se toman hoy.
Porque varios de los problemas que aparecen en el informe no son nuevos. El propio diagnóstico municipal reconoce que 40.5% de los viajes al trabajo se hacen en automóvil particular y que una parte importante de la población tarda más de media hora en llegar a su destino. Al mismo tiempo, el transporte público perdió 6.8% de sus usuarios en diciembre de 2025 y los accidentes en los que estuvo involucrado pasaron de 135 en 2022 a 326 en 2025.
No son problemas que hayan aparecido ayer.
Porque podemos seguir construyendo vialidades para intentar desahogar el tráfico, pero si cada año tenemos más autos y más tiempo perdido en los traslados, quizá el problema no sea que nos falte una obra más. Quizá nos está faltando una estrategia de ciudad.
Lo mismo pasa con las ciclovías. León presume más de 245 kilómetros de infraestructura ciclista. Es una cifra importante. Pero una ciclovía que no tiene continuidad, que obliga a cruzar una avenida peligrosa o que no conecta con el transporte público puede sumar kilómetros en un informe y no necesariamente sumar movilidad segura en la vida de las personas.
Y ahí está precisamente la diferencia entre hacer obra y hacer ciudad.
Hay otro ejemplo que me parece todavía más revelador: Participa León. Que la ciudadanía decida sobre una parte del presupuesto es algo positivo. Pero participar no debería significar únicamente votar por una cancha, una techumbre o una pavimentación.
El caso de la colonia Andrade lo puso sobre la mesa. La discusión terminó siendo si debía o no construirse una cancha. Pero la pregunta de fondo tendría que haber sido otra: ¿qué necesita ese espacio y qué necesita esa colonia dentro de una visión integral de ciudad?
¿Hay déficit de áreas verdes? ¿Quiénes viven alrededor? ¿Hay niños, personas mayores, personas con discapacidad? ¿Cómo se llega? ¿Qué otros espacios públicos existen cerca? ¿Cuál es el mejor uso de ese terreno?
Eso es lo que debería aportar la planeación. Porque escuchar a los ciudadanos es indispensable, pero gobernar también implica tener la capacidad técnica para decir: esto es lo que ustedes están pidiendo, pero esto es lo que la ciudad necesita.
Y aquí llegamos al punto que, para mí, deja más preguntas que respuestas: ¿para qué tenemos al IMPLAN si sus diagnósticos no terminan pesando lo suficiente en las decisiones?
Y más aún: ¿para qué tenemos consejos ciudadanos si después de tantos años seguimos enfrentando los mismos problemas que ellos mismos han señalado?
No se trata de decir que todo lo que hace el gobierno está mal. Sería absurdo. Hay obras necesarias y programas que funcionan. El problema es creer que la suma de buenas obras necesariamente produce una buena ciudad.
Una ciudad puede tener más parques y seguir teniendo déficit de áreas verdes. Puede tener más ciclovías y seguir sin ofrecer movilidad segura. Puede construir más vialidades y seguir perdiendo horas en el tráfico. Puede consultar a sus ciudadanos y, aun así, tomar decisiones sin una visión territorial de largo plazo.
Por eso creo que el informe de Alejandra Gutiérrez debería servir para abrir una discusión mucho más grande que la de cuántas obras se hicieron.
¿Qué ciudad estamos construyendo?
Porque el León de 2050 no se va a decidir en 2050. Se está decidiendo ahora, con cada vialidad, cada permiso, cada desarrollo urbano, cada parque y cada decisión sobre el territorio.
Y si llevamos años estudiando lo que le pasa a León, pero seguimos llegando tarde a resolverlo, entonces quizá el problema no sea la falta de planeación.
Quizá el problema es que no hemos aprendido a gobernar con ella. Y eso, más que una falla de un gobierno, debería obligarnos a revisar todo un modelo de ciudad.

