Guanajuato siempre ha sido tierra de ida y vuelta. Aquí aprendimos temprano que el mapa no termina en el cerro ni en la plaza, sino que se estira hasta Chicago, Dallas o Los Ángeles. Los migrantes no son un tema lejano ni una estadística fría: son familia, son apellido, son historias contadas por WhatsApp y remesas que sostienen casas, negocios y sueños.
Hoy, cuando desde el gobierno de Estados Unidos se endurecen discursos, políticas y miedos, lo que sufren nuestros paisanos no es abstracto. Es real. Es la angustia de salir a trabajar sin saber si se regresa. Es el hijo que evita hablar español en la escuela. Es el padre que manda dinero pero no puede volver ni para un funeral. Y eso, aunque pase del otro lado de la frontera, duele acá.
Para Guanajuato, los migrantes han sido motor económico, sí, pero también columna emocional. Han financiado estudios, levantado colonias enteras, sostenido pueblos que de otro modo se habrían vaciado. Pero su valor no se mide solo en dólares: se mide en identidad. En esa mezcla de orgullo y nostalgia que define a muchas comunidades del estado.
Por eso, cuando allá se les señala, acá no podemos mirar hacia otro lado. No basta con aplaudirlos en fiestas patronales o colgarnos su bandera en septiembre. El reto es acompañarlos de verdad: con respaldo institucional, con servicios, con una narrativa que los defienda y no los use.
Porque si algo ha enseñado la historia migrante de Guanajuato es esto: cuando se ataca al paisano, no se golpea a un extraño; se golpea a la casa. Y esa, aunque esté a miles de kilómetros, sigue siendo la nuestra.
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Guanajuato sin migrantes no se entiende
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