Durante mucho tiempo pensé que la dificultad para crear venía de no tener ideas claras. Hoy creo que el problema es otro: vivimos rodeados de ruido, y el ruido ahoga la señal antes de que pueda crecer.
Señal es todo aquello que empuja una idea hacia adelante.
Ruido es lo que ocupa tiempo, energía y atención sin construir nada nuevo.
El ruido no siempre es obvio. No es solo el teléfono, internet o las distracciones evidentes.
También adopta formas respetables: correos, juntas, pendientes administrativos, horarios llenos, trabajo de oficina. Actividades que mantienen las cosas funcionando, pero que rara vez permiten pensar con profundidad. Son necesarias para sostener sistemas, pero incompatibles con la creación de algo nuevo.
Ahí aparece una verdad incómoda: si quieres más señal, no puedes vivir entregando tu mejor energía al ruido. No porque ese trabajo sea inútil, sino porque responde a otra lógica. La lógica de cumplir, reaccionar y mantenerse ocupado. La creatividad, en cambio, exige decidir, explorar y tolerar la incertidumbre.
Crear proyectos no es una actividad reactiva. Requiere atención sostenida, tiempo sin interrupciones y espacio mental para equivocarse. Cuando ese espacio no existe, las ideas no desaparecen; se diluyen. Se convierten en intentos, en borradores perpetuos, en planes que nunca terminan de tomar forma.
Hace unos días, un amigo me escribió después de leer un artículo que publiqué. Me dijo que estaba considerando renunciar a su trabajo. No porque yo se lo sugiriera, sino porque el texto le permitió nombrar algo que llevaba tiempo sintiendo. Es una de las personas más inteligentes que conozco: carismático, líder natural, con un sentido del humor capaz de conectar con cualquiera.
Y aun así, llevaba años usando solo una parte mínima de su potencial.
Lo que lo tenía atrapado no era la falta de talento, sino el contexto. Días completos llenos de tareas que parecían importantes, pero que no construían señal. Mucha actividad, poco avance real. Mucho ruido disfrazado de estabilidad.
Ahí entendí algo esencial: muchas veces no estamos limitados por nuestras capacidades, sino por el tipo de trabajo al que entregamos nuestra atención. El ruido no siempre se siente como distracción; a veces se siente como responsabilidad.
El problema es que crear algo significativo exige otro estado mental. No el de estar disponible, sino el de estar presente. No el de responder rápido, sino el de pensar lento. Ese estado no aparece por accidente. Se diseña reduciendo estímulos, cerrando puertas y aceptando la incomodidad de no estar siempre “ocupado”.
Por eso el aislamiento —aunque sea parcial y temporal— deja de ser un lujo y se vuelve una herramienta. No se trata de desaparecer del mundo, sino de disminuirlo lo suficiente para escuchar qué ideas merecen desarrollarse. Crear señal implica decepcionar expectativas, posponer respuestas y nadar contra la inercia.
Tal vez el verdadero proceso creativo no empieza con una idea brillante, sino con una decisión previa: dejar de confundir movimiento con progreso. Entender que no todo trabajo vale lo mismo y que, si seguimos alimentando el ruido, la señal nunca va a crecer.
Crear, al final, no es tener más ideas. Es protegerlas. Darles tiempo, silencio y espacio. Y aceptar que para que algo nuevo exista, muchas cosas —aunque parezcan importantes— tienen que quedarse fuera.
