Cuando era niño siempre me decían que terminara todo mi plato al comer. “Hay niños que no tienen qué comer”, decían. En ese momento yo no entendía cómo impactaba que yo comiera o dejara de comer para que otros niños pudieran tener acceso a esa comida. Incluso llegué a pensar que, si la tiraba, alguna persona en situación de calle podría pepenarla. Hasta les planteé a mis familiares la idea de tirar la comida en envases sellados cuando ya estuviéramos satisfechos.
Nunca logré convencerlos.
Y no solo pasaba con la comida. También con el agua, con el trabajo o incluso con las amistades. La idea era clara: no desperdiciar. Suena razonable, incluso moral, como si aprovechar las cosas al máximo fuera una señal de inteligencia o de virtud. Pero con el tiempo me di cuenta de algo incómodo: obsesionarte con no desperdiciar puede convertirse en una forma de desperdicio, porque no todo merece ser aprovechado.
Ahora, cuando los mismos agentes de mi familia ven que los nuevos integrantes están satisfechos, deciden hacerles caso. No porque haya cambiado la idea de no desperdiciar, sino porque se hicieron conscientes de algo muy simple: tu cuerpo gasta más energía y aprovecha menos nutrientes si lo sobrecargas. Están consumiendo algo que ya no necesitan. Y esa lógica, cuando la miras con atención, se replica en todo.
Así como cuando comes de más, también sigues yendo al trabajo que no te gusta para no perder los años que ya invertiste. O sigues con tu novix porque ya pasaron por muchas cosas juntos. O aceptas cualquier trabajo que llega a tu empresa, no porque realmente sea algo que vas a hacer bien, sino porque es lo que hay. Pero si lo piensas a profundidad, muchas de esas decisiones no vienen de la inteligencia. Vienen del miedo de perder algo. El problema es que rescatar todo es imposible.
Una de las verdades que más me incomodaron en la vida es que optimizar algo siempre implica desperdiciar otra cosa. Es un trade-off. Cuando eliges una cosa y decides hacerla lo mejor posible, inevitablemente estás dejando de hacer muchas otras. Le dedicas tu tiempo, tu atención y tu energía. Tres cosas que, curiosamente, en estos días no estamos muy acostumbrados a administrar. Todo lo queremos inmediato, y si algo no cumple con las expectativas cambiamos de proyecto y ya.
Por eso, a veces lo más sensato no es “no desperdiciar”, sino aprender a administrar el desperdicio. Yo, por ejemplo, me hago tres preguntas clave cuando algo llega a mi vida. La primera es si eso se alinea con la visión que tengo de mí mismo a largo plazo. La segunda es si me está quitando oportunidades que sí se alinean con esa visión. Y la tercera es si realmente me gusta. Estas tres preguntas me ayudan a sentir mucha más seguridad sobre lo que estoy decidiendo. Si alguna de ellas no me convence del todo, prefiero dejarlo pasar. No porque no pueda ser una gran oportunidad, sino porque son tres áreas de mi vida que me dan paz. Tú puedes hacerte tus propias preguntas. Al final es tu vida a la que le estás dedicando ese tiempo.
En resumen, a veces lo mejor es dejar ir. Dejar la comida en el plato, dejar un proyecto a medias, dejar pasar una oportunidad. Porque hay algo que casi nadie te dice: no todo lo que llega es para ti. Y aprender a “desperdiciar” ciertas cosas puede ser una muy buena forma de no desperdiciar tu vida.