La madrugada del 23 de junio de 1926 quedó marcada para siempre en la historia de León, Guanajuato. Lo que comenzó como una intensa lluvia terminó convirtiéndose en una de las peores tragedias naturales que ha vivido la ciudad: calles transformadas en ríos, viviendas arrasadas, familias separadas y más de 200 personas fallecidas, además de pérdidas materiales millonarias.
Mientras la mayoría de los habitantes dormía, el aumento del caudal del Río de los Gómez provocó el desbordamiento de sus aguas a la altura de la calle 5 de Mayo, sorprendiendo a cientos de familias que apenas tuvieron tiempo de abandonar sus hogares. Policías recorrían las calles haciendo sonar sus silbatos y las campanas de los templos repicaban para alertar del peligro.
Una segunda corriente agravó el desastre
De acuerdo con los registros históricos del Archivo Municipal, cuando la ciudad apenas intentaba reaccionar a la primera inundación, alrededor de las nueve de la mañana una segunda corriente de agua golpeó con mayor fuerza tras la ruptura de la cortina de la presa de Hacienda Arriba, ubicada al norte de León.
La nueva avenida de agua terminó por destruir numerosas viviendas de adobe, principalmente en el Barrio del Coecillo y la zona centro, donde muchas personas quedaron atrapadas entre los escombros y la corriente.
Una ciudad devastada
El libro León destruido por las aguas: relato de primera impresión, publicado ese mismo año por José Ruiz Miranda y resguardado en el Sistema Estatal de Bibliotecas de Guanajuato, describe un panorama desolador: miles de casas quedaron inhabitables o completamente destruidas, más de 200 personas perdieron la vida y las pérdidas económicas superaron los 20 millones de pesos de la época.
La obra también narra cómo vecinos, comerciantes y autoridades comenzaron de inmediato a organizar comités de ayuda para rescatar a sobrevivientes, repartir alimentos y atender a quienes habían perdido todo.
El Archivo Histórico conserva la memoria
A casi un siglo de distancia, el Archivo Histórico Municipal de León conserva expedientes relacionados con la tragedia, entre ellos un informe elaborado por el ingeniero Juan B. Gómez sobre las lluvias registradas antes de la inundación, además de solicitudes de apoyo de familias damnificadas, constancias de pérdidas materiales y convocatorias del Ayuntamiento para organizar labores de limpieza y reconstrucción.
Estos documentos muestran cómo la comunidad se unió para enfrentar una emergencia que transformó el desarrollo urbano de León y dejó una profunda huella en la memoria colectiva de varias generaciones.
Una lección que sigue vigente
La inundación de 1926 no solo es recordada por la magnitud de la tragedia, sino también porque evidenció la vulnerabilidad de la ciudad ante fenómenos hidrometeorológicos extremos y la necesidad de fortalecer la infraestructura para el manejo de los escurrimientos.
Hoy, cada temporada de lluvias revive el recuerdo de aquella madrugada en la que el agua cambió para siempre la historia de León, una ciudad que aprendió, a partir de una de sus peores catástrofes, la importancia de la prevención, la solidaridad y la memoria histórica.

