Llegó a una comunidad donde prácticamente todo estaba por construirse: no había instalaciones propias, las clases eran por la tarde, la asistencia era baja y, para algunos de sus alumnos, el español no era su primera lengua. Sin embargo, Monserrath Guadalupe Barbosa Díaz decidió convertir cada obstáculo en una oportunidad para demostrar que la educación puede cambiar vidas.
A sus años de servicio docente, Monse —como le dicen de cariño— se convirtió en la primera educadora del preescolar Majurru Nuevo Comienzo, ubicado en la comunidad Plan Juárez, de San Luis de la Paz. Desde octubre de 2024, acompaña a 18 niñas y niños en una de las etapas más importantes de su formación.
Licenciada en Pedagogía y con experiencia en el programa de preescolar alternativo, descubrió que su mayor satisfacción no está únicamente en enseñar letras, números o conceptos, sino en presenciar los primeros logros de sus alumnos y ayudarlos a descubrir de lo que son capaces.
“Aquí entendí que mi labor trasciende lo académico: se trata de transformar vidas desde la primera infancia”.
De un salón con dificultades a una comunidad que participa
El nacimiento de Majurru Nuevo Comienzo fue resultado de una petición de madres y padres de familia que buscaban un espacio educativo para sus pequeños. La solicitud fue escuchada durante una visita a la comunidad y hoy el preescolar es una realidad.
Para Monse, formar parte de este proyecto significa mucho más que impartir clases.
“Llegué con la idea de enseñar, pero la sorpresa fue que terminé aprendiendo más yo de ellos”, comparte.
Su jornada comienza recibiendo personalmente a cada estudiante. Observa sus emociones, escucha sus historias y, entre canciones, juegos y preguntas inesperadas, construye el aprendizaje.
Aunque cada día llega con una planeación, sabe que en el aula siempre puede surgir algo nuevo.
“Los niños siempre tienen algo nuevo que aportar”, afirma.
Uno de sus mayores logros durante el ciclo escolar 2025-2026 fue el proyecto “Voces de la Tierra”, con el que fortaleció la identidad cultural de sus alumnos y los motivó a sentirse orgullosos de sus raíces y de su lengua, al pertenecer a una comunidad indígena.
El cambio fue evidente: aquel grupo tímido y reservado comenzó a convertirse en niñas y niños más expresivos, cariñosos, respetuosos y solidarios.
Un tercer lugar que sabe a triunfo
El proyecto llevó a Monse a representar a la Delegación II en el encuentro estatal de prácticas exitosas en preescolar alternativo, realizado en Irapuato durante julio pasado.
El resultado fue un tercer lugar estatal, pero para ella el verdadero triunfo fue haber vencido uno de sus mayores temores: hablar en público.
“Fue un gran reto personal, porque me obligó a enfrentar mi mayor miedo y demostrarme que sí puedo liderar proyectos comunitarios y ser la voz de mis niñas y niños”, recuerda.
Por eso, asegura que el reconocimiento no le pertenece solamente a ella.
“Este logro no es solo mío; es de mis niños, de las mamás y papás y de las personas que siempre me acompañan en este camino”.
Cuando enseñar también significa aprender
Construir una escuela desde cero no ha sido sencillo. Monse tuvo que enfrentar la falta de instalaciones propias, el turno vespertino, la baja asistencia y la barrera del idioma con algunos pequeños que hablan principalmente su lengua materna.
Pero con paciencia, diálogo permanente con las familias, estrategias pedagógicas y el respaldo de la comunidad, consiguió que la participación creciera hasta lograr la asistencia total y despertar el entusiasmo de madres, padres y estudiantes.
Para ella, las familias son una pieza fundamental.
“Son mi equipo dentro y fuera del aula; sin ellos no hay aprendizaje completo”, señala.
Su propia historia explica buena parte de esa determinación. Monserrath es la primera persona de su familia en concluir una carrera universitaria y reconoce en su madre, Teresa Díaz González, una de sus principales inspiraciones.
“Mi mamá no tuvo la oportunidad de estudiar, pero siempre ha sido mi mayor motivación y apoyo. Ella quería para nosotros las oportunidades que no pudo tener”.
Ahora, esa oportunidad que recibió busca multiplicarla en cada uno de sus alumnos.
Una maestra que quiere inspirar
Su sueño es convertirse en Educadora Orientadora de Preescolar Alternativo y demostrar que desde las comunidades pequeñas también pueden alcanzarse grandes metas.
“No tengan miedo. No crean que por ser jóvenes o por estar en una comunidad pequeña no pueden hacer cosas grandes”, aconseja a otros educadores.
Y agrega una reflexión que resume su manera de entender la profesión:
“Somos la segunda casa de nuestras niñas y niños. Debemos ser, después de casa y familia, su segundo lugar seguro. Atrévanse a amar a sus niños más allá de los libros, los materiales y las actividades”.
Quienes trabajan con ella también destacan esa entrega. Ziomara Ileana Zúñiga Morales, Asesora de Participación Social en la Delegación II, la describe como una educadora alegre, creativa, responsable y completamente involucrada con su comunidad.
Pero quizá las mejores evaluaciones no están en los reconocimientos, sino en los pequeños gestos.
Está el abrazo espontáneo de Camila, una alumna de su primer centro educativo, quien un día le dijo: “Maestra, te amo”. Y está José Miguel, quien cada mañana la espera con entusiasmo en el preescolar Majurru Nuevo Comienzo.
Son momentos sencillos, pero para Monse tienen un enorme significado.
Porque, como ella misma lo resume, ser maestra no es solamente enseñar; es escuchar, acompañar, generar confianza y estar presente para los niños y sus familias.
Y en Plan Juárez, una joven educadora está demostrando que una escuela puede comenzar con 18 pequeños, una maestra y un sueño… y terminar convirtiéndose en un lugar donde toda una comunidad aprende a creer en su futuro.



