- En los 46 municipios, se cuenta Espacios de Desarrollo para Personas Mayores, en donde DIF estatal capacita y acompaña a cuidadores en el autocuidado
A los 26 años, Vianey Lozano López ya acumula una década dedicada al cuidado de personas adultas mayores y pacientes con trastornos psiquiátricos. Empezó a los 16, primero como cuidadora particular y después como enfermera. Eligió ese camino temprano y no lo ha soltado.
Su día comienza revisando signos vitales, preparando medicamentos y ayudando a bañarse a un paciente que no puede hacerlo por sí mismo. Por la tarde, llega a la Casa de Asistencia para Adultos Mayores y Rehabilitación para Indigentes (CARPI), donde atiende a personas en situación de abandono y con padecimientos psiquiátricos. Ahí aplica insulina, realiza curaciones, moviliza cuerpos que ya no responden igual y, sobre todo, sostiene emociones que cambian de un momento a otro.
“El cuidado no es solo acompañar”, explica. “Es anticipar crisis, saber mover sin lastimar y aprender a no quebrarse por dentro”.
El desgaste existe. Lo confirma el psiquiatra de CARPI, Armando Zavala.
“El síndrome del cuidador es real. Hay un punto en que quien cuida también puede enfermarse, sobre todo cuando lo hace en casa, sin relevo ni descanso”.
No siempre los pacientes colaboran. Algunos, por su condición, pueden ser demandantes o agresivos. “A veces olvidan que quien está ahí está dejando su propia vida para atenderlos”, añade Zavala. La tensión no siempre se ve, pero se acumula.
En México, el cuidado sigue recayendo mayoritariamente en las familias. Muchas personas asumen la responsabilidad sin preparación previa y sin espacios para desahogarse. Ahí es donde intervienen programas de capacitación.
Kasandra Zárate, gerontóloga del DIF estatal y parte de la primera generación formada en Guanajuato, trabaja en Espacios de Desarrollo para Personas Mayores, distribuidos en los 46 municipios del estado. Ahí no solo se enseña a movilizar correctamente a un paciente o prevenir úlceras por presión; también se habla de autocuidado.
“Si ya tenemos una persona en situación de dependencia, lo que buscamos es no generar otra por sobrecarga del cuidador”, resume.
En los talleres escucha historias que se repiten: mujeres que cuidan a dos o tres familiares; hijos que dejaron su empleo; jóvenes que asumieron responsabilidades antes de tiempo. Una cuidadora lo dijo con claridad: “Siempre preguntan cómo está mi mamá. Nadie me había preguntado cómo estoy yo”.
Vianey entiende esa frase. Ha pensado en renunciar más de una vez. El cansancio físico y emocional es real. Pero también lo son los pequeños gestos: un paciente que la espera, un saludo inesperado, un “gracias” antes de dormir.
“Cuando alguien que casi no habla te reconoce, eso compensa”, dice.
El cuidado transforma rutinas, economía e identidad. Mientras la población envejece y la salud mental ocupa más espacio en la conversación pública, la labor de quienes cuidan deja de ser un asunto privado.
El testimonio de Vianey Lozano y la visión técnica de especialistas como Kasandra Zárate y Armando Zavala revelan que el cuidado en Guanajuato ha dejado de ser una labor invisible para convertirse en un pilar de salud pública, con poco más de 100 cuidadores certificados formalmente ante el DIF Estatal en los últimos dos años.
La transición de un esquema de “buena voluntad” a uno de profesionalización técnica –como el diplomado en Longevidad y Vejeces– no es solo una cuestión de eficiencia administrativa; es una red de seguridad para evitar que el cuidador se convierta en el siguiente paciente. Mientras existan instituciones como CARPI y programas de autocuidado en los 46 municipios, la frase “Aquí se cuida al que cuida” deja de ser un lema para transformarse en una política de supervivencia emocional.
Al final del día, el éxito del sistema no solo se mide en el número de certificados entregados, sino en la capacidad de responder a esa pregunta que pocos hacen, pero que cuidadoras como Vianey necesitan escuchar: “Y tú, ¿cómo estás hoy?”.

