Nos acostumbramos. Así, sin darnos cuenta. Primero fue para llamadas, luego mensajes, luego fotos… y ahora el celular es casi una extensión de la mano. Ya no es herramienta: es reflejo. De lo que pensamos, de lo que sentimos, de lo que somos.
Hoy vemos a los jóvenes con el celular todo el tiempo y la reacción inmediata es querer prohibirlo, regularlo o meterle ley. No es nuevo. Diputados del PAN han planteado incluso limitar su uso en escuelas o regular redes sociales para menores, bajo el argumento de protegerlos de riesgos digitales, adicción o distracciones (). Y sí, hay razones: el mundo digital también lastima, engancha y expone.
Pero hay algo que no estamos queriendo ver.
El problema no nació en el salón de clases, ni en el recreo, ni en el celular del hijo. Nació en casa. En la mesa donde ya nadie se mira. En la sala donde cada quien está en su pantalla. En la comida donde el silencio ya no es incómodo, porque lo llena el scroll.
Queremos regular a los jóvenes… cuando fuimos nosotros quienes normalizamos vivir pegados a un dispositivo.
Porque no es que los chavos se “engancharon”. Es que crecieron viendo que así se vive. Que así se trabaja. Que así se convive.
Legislar puede ayudar. Poner reglas también. Pero si en casa el celular manda, ninguna ley va a cambiar eso.
Tal vez el verdadero debate no está en el Congreso.
Está en la mesa de cada familia.
Porque antes de prohibir, habría que preguntarnos algo más incómodo: ¿quién le enseñó a quién?