Cerramos el año y León sigue siendo León: una ciudad que no se rinde, aunque a ratos parezca cansada. Doce meses después, seguimos despertando temprano, quejándonos del tráfico, del calor que no perdona y de las noticias que a veces duelen más de lo que deberían. Pero también seguimos aquí, sosteniendo la vida cotidiana con una terquedad que ya es parte del carácter de esta ciudad.
Este año nos volvió a recordar que León no es solo lo que dicen los encabezados. Es la señora que abre su negocio aunque vendió poco ayer. Es el joven que estudia y trabaja porque sabe que nadie le va a regalar nada. Es la familia que se reúne los domingos aunque la semana haya sido dura. Es esa mezcla extraña de hartazgo y esperanza que convivimos todos los días.
No fue un año fácil. Hubo miedo, enojo y desconfianza. Hubo días en los que parecía que avanzar era imposible. Pero también hubo gestos pequeños que casi nunca se vuelven noticia: vecinos cuidándose entre sí, gente ayudando sin preguntar, silencios que acompañaron mejor que cualquier discurso.
Cerrar el año no es hacer un balance perfecto. Es aceptar que somos una ciudad en proceso, incompleta, contradictoria. León no necesita que le digan que todo está bien, necesita que no le mientan y que no la den por perdida. Aquí la gente no pide milagros; pide respeto, trabajo y un poco de tranquilidad.
Si algo vale la pena llevarnos a 2026 es esto: León sigue de pie porque su gente no ha soltado. Y mientras eso siga pasando, todavía hay con qué.
Nos leemos del otro lado del calendario.
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