La Feria de León cumple 150 años y no, no es solo una cifra bonita para el encabezado ni un dato para el folleto oficial. Ciento cincuenta años son demasiadas historias acumuladas como para reducirla a puestos, boletos y derrama económica. La Feria es otra cosa. Es memoria viva.
Ahí aprendimos a ir solos por primera vez, a perdernos entre juegos mecánicos, a gastar el domingo completo en una tarde que parecía eterna. Ahí muchos vimos nuestro primer concierto, nuestro primer amor de feria, jugamos fubolitos, nuestro primer mareo después de la rueda de la fortuna. La Feria no se mide en pesos: se mide en recuerdos.
Claro que importa lo comercial. Importa el empleo temporal, importa el turismo, importa que León se ponga en el mapa cada enero. Pero si solo fuera eso, no habría sobrevivido siglo y medio. Lo que la ha mantenido es que la gente la siente suya. Que la espera como se espera una tradición familiar: no porque sea perfecta, sino porque es parte de lo que somos.
La Feria ha visto pasar gobiernos, modas, crisis, pandemias, bonanzas. Ha cambiado de sede, de formato, de escala. Pero no ha cambiado lo esencial: sigue siendo ese espacio donde la ciudad se reconoce a sí misma, donde conviven el barrio y la empresa, la familia y la banda de amigos, el niño que va por los juegos y el adulto que va por la nostalgia.
Celebrar sus 150 años no es celebrar un evento. Es celebrar que León tiene todavía lugares donde la comunidad se junta sin preguntarse de qué lado está. Y en estos tiempos, eso vale más que cualquier récord de asistencia.