Una generación que nació entre el 97 y el 2012 decidió que ya no quería solo quejarse desde sus teléfonos: salió a la calle para decirle al poder que basta. La marcha del pasado sábado convocada bajo el nombre de “Generación Z” en la Ciudad de México —y replicada en otros estados— reclamó seguridad, justicia, transparencia, oportunidades. Pero no solo eso: también reclamó que ese reclamo no sea ignorado.
Lo curioso es que la respuesta del gobierno no fue exactamente “aquí estamos para escuchar”. Antes de caminar, las vallas ya estaban levantadas; antes de los gritos, el discurso oficial apuntó al origen del movimiento y a su “auténtica” o “manipulada” naturaleza. La administración de Claudia Sheinbaum ligó la protesta a bots, campañas digitales financiadas y a la oposición política.
El razonamiento es más o menos este: “Si lo convocamos nosotros, pues ok. Pero si lo convocan otros, entonces es manipulación”. Y ahí aparece la trampa retórica: al colocar en tela de juicio la espontaneidad y juventud genuina del reclamo, el poder desplaza el foco de la demanda hacia la motive de los que protestan.
¿Resultado? Un movimiento que dice sentir hartazgo encuentra un discurso oficial que lo convierte en sospechoso antes que en interlocutor. Y mientras tanto, los temas reales —la violencia que no se contiene, la impunidad que no se rompe, los empleos que no llegan— quedan en segundo plano.
No se trata de negar que quizá haya actores que intentan capitalizar la movilización —en democracia todo puede pasar—, sino de criticar que la primera reacción gubernamental sea descalificar y no dialogar. Cuando un gobierno interpreta una protesta juvenil como “operación de otro”, está usando uno de los movimientos democráticos más elementales para desviar el asunto central: ¿por qué los jóvenes marchan? Las cifras hablan: miles lo hicieron. Y no lo hicieron solo para aparecer en TikTok.
Al final, la generación que “se cansó de agachar la cabeza” envía un mensaje claro: exigimos respuesta, no discursos paralelos. Y el gobierno, en lugar de inclinarse a escuchar, prefirió armar desde antes la defensa. Que quede claro: la calle habla, la valla observa, el poder replica. ¿Quién escucha?
