El Festival Internacional del Globo es, sin duda, el gran escaparate de León. Pocos eventos logran lo que este: llenar de color el cielo, de visitantes los hoteles y de orgullo el pecho guanajuatense. En un país donde sobran los pretextos para mirar abajo, el FIG nos obliga a mirar hacia arriba.
Pero también vale la pena mirar con sentido crítico. El festival ha crecido tanto que corre el riesgo de convertirse en un producto más que en una experiencia. Su éxito turístico es incuestionable, pero su valor cultural y social debería evolucionar al mismo ritmo: más espacios para el talento local, más conexión con la ciudad que lo sostiene, menos dependencia del espectáculo por el espectáculo.
León merece un festival que no solo atraiga visitantes, sino que inspire a su gente. Que los globos no solo despeguen, sino que dejen huella. Que la magia del amanecer se acompañe con gestión, planeación y una visión sustentable que garantice su permanencia más allá de la foto.
El FIG nació de un sueño, y los sueños necesitan mantenimiento. Mientras siga convocando a miles con esa mezcla de asombro y pertenencia, seguirá cumpliendo su propósito: recordarnos que, aunque todo parezca flotar, lo que realmente sostiene al festival —y a esta ciudad— es su gente.
