A veces, lo que parece una derrota política termina siendo una victoria social. Eso pasó con el fin del FIDESSEG. Durante años fue presentado como un modelo ejemplar de cooperación entre gobierno y sociedad, pero con el tiempo se volvió un territorio opaco, lleno de nombres repetidos y proyectos imposibles de rastrear. Era más un símbolo de privilegios que de progreso.
Con Tocando Corazones, el tablero cambió. El dinero público dejó de pasar por los filtros de siempre y comenzó a fluir hacia quienes realmente trabajan en campo: asociaciones pequeñas, grupos comunitarios, colectivos que actúan sin reflectores. En un estado donde la desconfianza es casi institucional, eso ya es ganancia.
Los empresarios y fundaciones que se creían dueños del fideicomiso reaccionaron como era de esperarse: acusaron improvisación, rompimiento de alianzas, hasta traición. Pero las auditorías hablaron y las observaciones pesaron. Al final, tuvieron que dar marcha atrás.
Y hay que decirlo: Libia Dennise aguantó candela. Sostuvo la decisión cuando lo fácil era recular también. En política eso tiene mérito, sobre todo cuando los intereses tocados son poderosos. Hoy, más allá de la polémica, el saldo es claro: ganó la sociedad. Porque el dinero público, al fin, empieza a tener rostro y destino.
