Por: Sergio Enrique Contreras
Del himno que decía “Juventud Obrera Leonesa, a luchar a vivir juventud, empuñemos las armas perfectas, el trabajo, el amor, la virtud…”.
De las tortas de chorizo de don Chepe a $300.
De las de jamón de don Andrés a $250.
De esos pisos cenizos y limpios.
Del aroma a lápiz con cola.
De cuando el Chato regresó la comida a cascadas y se quedó apestoso el salón por días.
De la disciplina cuestionablemente medieval pero efectiva.
De que a las tres perforaciones en la credencial te expulsaban.
De que sólo hasta Secundaria convivimos con las niñas y ahí descubrí que olían a fresa y algodón de azúcar y no a patas y sobaco como olíamos los niños.
De las misas los primeros viernes de cada mes, que oficiaba el padre Gomita y te regalaba dulces o un rosario bendecido si te portabas bien.
Del fraude que nos hicieron para la graduación de Primaria y terminamos comiendo pollos rostizados y jugando toda la tarde en un patio sólo para nosotros.
De los torneos de fut donde rifaban los Pumas de Fredy, Marín, Mau y Marco.
De que casi todos platicaban de algún pariente en el norte y en navidad estrenaban ropa o juguetes “americanos”.
De que la mayoría le iba a las Chivas y luego entendí que se lo debía al origen jalisciense de la Obrera, Industrial, Chapalita y hasta las colonias “de ricos” como la Arbide o Loma Bonita.
¿Cómo remembrar la escuela Juventud Obrera Leonesa – Guadalupana – de San Juan Berchmans?
La Jol-Gua-Ber, establecida en la calle Guatemala por la Compañía de Jesús fue claramente construida en abonos y por las fotos actuales, es evidente que nunca se le invirtió lo merecido.
Esta escuela privada con sabor a pública, compartía nombre con la desaparecida Caja Popular, que llegó a tener su ventanilla en el mismo local antes de hacerse un gran edificio unos metros adelante.
Sin embargo El Nene, El Ecoloco, El Grande, El niño Gelatina, El Lagrimita, El Rual, El Chanclintín, El Patulín, El Bueno, El Champions, El Pollo y una larga lista de miles que hoy quizás hasta abuelos son, vivimos grandes días. Supe que algunos hasta inscribieron ahí a sus hijos.
En los años 90 dieron clases, entre otros, las hermanas Silvia y Angélica, el director Vitelio y el prefecto Héctor pero al que más recuerdo es al profe Miguel Ángel de 4º, que forjó a generaciones de niños a libretazos, mordidas de burro, patinadas de goma en las patillas y carrilla dura, algo que hoy sería digno de escándalo viral, pero que en aquellos días era normalizado.
Lo recuerdo borrando los números escritos con gis blanco del pizarrón verde con Julio, compañerito favorito de sus objetivos punitivos. Y luego al mismo Julio sacudirse estoico y regresar a su lugar con entereza. Años después nos juntamos algunos para visitarlo y lamentaba la desatención de los nuevos padres de familia y la dura competencia contra los celulares.
Pero hoy cuando sale a las charlas de quienes a veces coincidimos, no se le recuerda con rencor. Al contrario, la gratitud y la añoranza es denominador común.
No es que estuviera bien pegarle a los morritos, pero era otro León. Otros tiempos.
El timbre del recreo para Primaria sonaba a las 10 am para las niñas y a las 10:30 para los niños. Mi mamá me ponía lonche, pero mi abuela que vivía en la Santo Domingo se daba el tiempo para llevarme una torta mitad frijoles refritos con manteca y mitad aguacate con queso. Nunca volví y seguramente no volverá probar algo así.
Ahí pasé media Primaria y la Secundaria, pero conozco y ubico a muchos de la Prepa porque cada lunes, durante muchas noches, nos prestaban la cancha para echar cascarita.
Ver su portón cerrado huele al principio del fin. Igual para los negocios de la Michoacán, la Honduras, la Bolivia, la Jalisco.
De los muchos recuerdos nada sobrevivió.
La noticia es simple pero letal: “Cierra la Jol Gua Ber”. José Emilio Pacheco lo escribió mejor que nadie en “Las Batallas en el Desierto”: “Demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la colonia Roma. Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos días. Nadie se acuerda de nada: Todo pasó como pasan los discos en la sinfonola”.


