Salamanca volvió a sangrar. Y como siempre, después del estruendo de las balas vino el ruido de las opiniones. Opiniones rápidas, furiosas, sentenciosas. Opiniones que no esperan datos, contexto ni silencio. Opiniones que no buscan entender, sino acomodar la tragedia a la idea previa que cada quien ya traía en la bolsa.
En cuestión de horas, todos fuimos expertos: en seguridad, en crimen organizado, en estrategias fallidas, en culpables absolutos. Desde el celular, desde la comodidad del “yo ya lo había dicho”, desde la tentación de explicar lo inexplicable con una frase contundente y una conclusión fácil.
Pero la masacre de Salamanca no se explica con un tuit, ni con un video editado, ni con la grilla de siempre. Hay temas de fondo que casi nadie quiere mirar: comunidades rotas, economías criminales que llevan años creciendo, normalización de la violencia, ausencia de oportunidades reales y una sociedad que aprendió a convivir con el miedo sin preguntarse por qué llegó ahí.
Opinar sin saber no es inocente. Simplificar la tragedia también es una forma de irresponsabilidad. Porque cuando todo se reduce a “ellos contra nosotros”, a “es culpa de”, dejamos de exigir soluciones complejas y nos conformamos con explicaciones cómodas.
Salamanca no necesita más jueces de teclado. Necesita memoria, análisis, instituciones que funcionen y una sociedad dispuesta a entender que la violencia no aparece de la nada. Llega cuando dejamos de ver el fondo y solo gritamos sobre la superficie.
