Los bloqueos carreteros en Guanajuato no son nuevos, pero esta vez reflejan algo más profundo: el hartazgo del campo y la ausencia del Gobierno Federal. Campesinos exigen precios justos para el maíz y el sorgo, mientras transportistas y comerciantes pierden millones por el cierre de vías.
La protesta nació de una promesa incumplida: los apoyos federales no alcanzan y la interlocución brilla por su ausencia. Mientras tanto, los bloqueos afectan la logística, el comercio y la vida diaria. En este juego, el campo grita, la industria se frena y la política se esconde.
Pierden los transportistas, los pequeños negocios y los ciudadanos atrapados entre el polvo y la espera. Ganan los productores, por ahora, al visibilizar su causa. Ganan también quienes logren ofrecer soluciones, porque el diálogo —no la fuerza— será la medida de la autoridad.
Si esto continúa, habrá más cierres, más enojo y más desconfianza. Guanajuato, corazón logístico y agrícola del país, no puede permitirse una parálisis prolongada. Atender al campo no es solo dar dinero: es dar certeza, precios claros y respeto. Si no se entiende eso, los caminos seguirán cerrándose… hasta que alguien escuche.
