Cada vez que hay narcobloqueos, incendios o balaceras, el fuego corre más rápido por WhatsApp que por las carreteras. “Por si acaso”, reenviamos el audio de la tía, el video borroso sin fecha, la captura alarmista que nadie sabe de dónde salió.
Y sin querer —o queriendo— nos volvemos parte del problema. La infodemia es la gasolina perfecta para el crimen. No necesitan estar en cada esquina si logran estar en cada teléfono.
El miedo amplificado paraliza, distorsiona, exagera. Un incendio en un punto se convierte en “todo el estado está ardiendo”. Un operativo focalizado se transforma en “ya perdimos el control”.
Claro que hay hechos reales, nadie lo niega. Hay operativos, hay reacciones criminales y hay daños que preocupan. Pero también hay una estrategia deliberada para sembrar percepción de caos. Y esa se combate con cabeza fría, no con cadenas virales.
Todos debemos verificar en cuentas oficiales. Es nuestra responsabilidad consultar fuentes formales, revisar fechas, confirmar lugares y no compartir información que no esté validada. No todo lo que suena urgente es verdad, y no todo lo que se mueve en redes es información confiable.
Porque el miedo colectivo no se construye solo. Se comparte.
Y en tiempos donde la seguridad es frágil, la prudencia también es un acto de responsabilidad ciudadana. No nos volvamos cómplices de los malos.
