Ayer México ganó el partido inaugural del Mundial y, por unas horas, pareció que el país se puso de acuerdo en algo. Miles salieron a las calles, el Ángel de la Independencia se convirtió en una fiesta improvisada y en el Zócalo la gente se abrazó como si ya estuviéramos en la final. México venció 2-0 a Sudáfrica y rompió una de esas maldiciones futboleras que cargaba desde hace años.
El Mundial también nos recordó quiénes somos.
Mientras en las tribunas del Azteca desfilaron políticos, empresarios y celebridades, afuera estaban los aficionados que hicieron filas, buscaron pantallas gigantes o simplemente siguieron el juego desde donde pudieron. El contraste fue tan evidente que terminó siendo parte de la conversación nacional.
Horas antes del partido hubo protestas, bloqueos y hasta enfrentamientos cerca del estadio. El caos parecía anunciar una jornada complicada. Sin embargo, como suele ocurrir en México, el desorden terminó convirtiéndose en fiesta.
Estoy seguro que ahí está la verdadera historia.
El Mundial no solo se juega en la cancha. Se juega en las calles, en las fondas, en las oficinas donde nadie trabajó realmente después del primer gol, en las familias que se reúnen frente a una televisión y en los amigos que vuelven a hablarse solo porque juega la Selección.
Ayer no desaparecieron los problemas del país. No se resolvieron los pendientes, ni las diferencias políticas, ni las preocupaciones de todos los días. Lo que pasó fue algo más sencillo y quizá más valioso: durante 90 minutos millones de mexicanos compartieron la misma emoción.
Falta mucho torneo. Tal vez México llegue lejos o tal vez nos toque sufrir antes de tiempo. Pero ayer quedó claro que el Mundial ya ganó algo importante: recordarnos que, pese a todo, todavía somos capaces de emocionarnos juntos.
En estos tiempos, eso no es poca cosa

