Ni Dios, ni el poder, dan permiso para humillar
Parece que en México algunos creen que gritar, insultar o amenazar es una forma válida de “participar”. En días recientes, dos mujeres en el poder fueron blanco de agresiones distintas, pero con el mismo veneno: la intolerancia.
Claudia Sheinbaum fue acosada en un evento público y a la gobernadora de Guanajuato Libia Dennise García Muñoz Ledo un sacerdote —el tristemente famoso Padre Pistolas— la insultó y amenazó por oponerse al proyecto del acueducto Solís–León.
Las dos escenas dicen mucho de lo que somos y de lo que estamos tolerando. En ambos casos hubo quien aplaudió la ofensa, como si la violencia verbal fuera valentía. No lo es. Es la forma más vieja de disfrazar la cobardía.
En Guanajuato, un líder religioso que debería predicar paz terminó repartiendo odio desde el altar.
Y en la política nacional, un hombre sintió derecho de acorralar y manosear el espacio personal de una mujer solo porque es figura pública. Ni la fe ni la política justifican eso.
La libertad de expresión no es libertad de agresión. Las diferencias se discuten, no se gritan; se razonan, no se golpean. Un país que no puede dialogar sin insultar está destinado a repetir sus peores errores.
En el fondo, lo que necesitamos no es más ruido, sino más respeto. Las mujeres —en el poder o en el campo— no deben pedir permiso para ser escuchadas. Ni de derecha ni de izquierda: simplemente humanas. Y eso debería bastar para que se les respete.
