Cada 10 de septiembre, el corazón del Barrio Arriba late con una fe renovada y una tradición que ha sobrevivido al paso del tiempo: la festividad en honor a San Nicolás de Tolentino, una de las celebraciones más antiguas y entrañables de León. Esta festividad no solo representa una manifestación religiosa, sino también un punto de encuentro entre historia, comunidad y patrimonio.
La capilla dedicada al santo, ubicada en el centro del emblemático barrio, comenzó su construcción el 8 de enero de 1801 y fue concluida el 7 de diciembre de 1848. Tras un periodo de abandono, fue finalmente reabierta el 1° de septiembre de 1896, marcando el inicio de un novenario que perdura hasta nuestros días.
Desde entonces, el templo ha sido testigo de numerosas intervenciones que han enriquecido su valor histórico y artístico, como los relieves del escultor Carlos Terrés y la bendición de su torre por el obispo Martín del Campo en 1973.
Una de las tradiciones más distintivas de esta festividad es la bendición y el reparto del llamado “panecito”, un ritual profundamente arraigado en la memoria colectiva leonesa. Aunque su origen exacto no está documentado, algunos lo ubican en 1896, con la reapertura de la capilla, mientras que otros lo relacionan con 1916, cuando familiares de enfermos del Hospital Civil acudían al templo a pedir salud y recibían pan bendecido para compartir durante el año. La primera referencia escrita de este acto aparece en el periódico El Sol de León en 1952.
Actualmente, más de 30 mil personas participan en esta fiesta, donde la fe se expresa también a través de la creatividad: decenas de panaderos locales elaboran versiones miniatura de panes tradicionales —conchas, bolillos, campechanas, polvorones, duques, entre otros— que se venden en coloridos puestos sobre la calle Aquiles Serdán. Estas piezas, únicas en todo el país, no solo deleitan el paladar, sino que se comparten como símbolos de amistad, fe y comunidad.
La festividad va más allá del templo. Las calles del Barrio Arriba se llenan de vida con juegos mecánicos, danzas tradicionales, música, antojitos y los infaltables fuegos artificiales, creando una atmósfera que combina lo religioso con lo festivo.
De acuerdo con el Archivo Histórico de León, la Fiesta de San Nicolás de Tolentino y el “Pan Chiquito” constituyen un valioso patrimonio inmaterial que refleja la identidad de los leoneses, uniendo generaciones en torno a una devoción que trasciende lo espiritual para convertirse en un verdadero símbolo cultural.
Esta celebración no solo honra a un santo, sino que mantiene viva la historia de un barrio y de toda una ciudad.


